
Una noche cualquiera se convirtió en un recuerdo imborrable para una familia de Apodaca, Nuevo León, cuando un disparo silenció la risa de un niño de tres años.
Estaban sentados frente a su hogar, compartiendo como de costumbre, sin imaginar que el ruido de una motocicleta marcaría el fin de su tranquilidad.
El pequeño jugaba en su cuatrimoto mientras su abuelo lo observaba con ternura. Bastó un instante, un giro inesperado en la calle, y un arma levantada sin aviso.
La bala impactó directo en la cabeza del niño, dejando a su abuelo sin la posibilidad de protegerlo, con los brazos vacíos y el corazón destrozado.
En esa casa ya no se escuchan juegos ni risas. Afuera, una vela encendida intenta iluminar una ausencia que pesa demasiado. No hubo amenazas, ni advertencias previas, solo el silencio que precede a lo inexplicable. Nadie entiende por qué la violencia golpeó a una familia dedicada al trabajo y a la vida tranquila.
Ahora, entre recuerdos de cumpleaños recientes y anécdotas de un niño curioso, queda una pregunta suspendida en el aire: ¿por qué a nosotros? Mientras tanto, los responsables siguen sin rostro ni nombre, y la herida abierta no encuentra consuelo.
